martes, 27 de septiembre de 2011

La reforma de los sistemas de Seguridad Social: sostenibilidad económica vs. sostenibilidad social

Artículo previamente publicado en el blog ¿Hay Derecho?

Entre las numerosas reformas legales aprobadas recientemente tendentes a reforzar la credibilidad de la economía española ante nuestros acreedores, se encuentra la Ley 27/2011, de 1 de agosto, sobre actualización, adecuación y modernización del sistema de Seguridad Social, que incluso antes de su aprobación, tuve ocasión de comentar brevemente en un anterior post.

Dicha norma acomete una reforma parcial pero relevante de nuestro sistema de pensiones, no tanto para resolver problemas de solvencia actual, pues su balance sigue manteniéndose positivo a pesar de la gravedad de la crisis que padecemos, sino para garantizar que siga pudiendo hacer frente por si solo a las pensionas futuras que ahora se están devengando sin necesidad de que sean sufragadas con cargo al sistema fiscal general.

La reforma incide en varios aspectos pero siguiendo el modelo francés y británico, profundiza en las denominadas reformas paramétricas, es decir, aquellas que se limitan a realizar ajustes tendentes a reducir la tasa de sustitución de las futuras pensiones respecto del último salario del trabajador. Algunas de ellas, en particular las derivadas del incremento de la esperanza de vida de la población, a pesar de lo impopulares que puedan llegar a ser tienen una lógica indudable, como ya hemos apuntado en alguna ocasión.

Sin embargo, aunque acudir exclusivamente a estas reformas paramétricas puede ser una solución a corto plazo, si persisten las circunstancias que amenazan la viabilidad del modelo vigente, no serán suficientes para que el sistema cumpla adecuadamente con su finalidad. En el fondo, este tipo de reformas tienen como principal resultado que el importe final de las prestaciones tienda a reducirse, lo que unido al mantenimiento de un nivel mínimo de garantía no contributivo, parcialmente financiado por el propio sistema, acentúa una función redistributiva más propia de un sistema tributario que de seguridad social.

Efectivamente, en la actualidad, y con independencia de que originalmente tenga un lejano precedente en la figura civil de contrato de seguro, el sistema de seguridad social comparte muchos elementos con el sistema fiscal. Obligatoriedad de su régimen jurídico, prerrogativas de los poderes públicos en la recaudación de las cuotas, carácter privilegiado de sus créditos, etc

Así pues, tal y como está configurado actualmente, el sistema contributivo de seguridad social se diferencia de un sistema impositivo, por una parte, en su carácter finalista, es decir, por el hecho de que haber cotizado durante un determinado periodo de tiempo es lo que genera el derecho a percibir una prestación contributiva; pero, sobretodo, por la circunstancia de que la pensión que finalmente se devengue no solo ha de estar relacionada con el importe de la cotización efectuada, sino que, aunque modulada, es proporcional a ésta. En la medida en que esta proporcionalidad desaparece, el sistema se va transformando en una mera carga impositiva que grava el trabajo productivo.

Las reformas que se están llevando a cabo a lo largo y ancho de toda Europa, como las medidas paramétricas introducidas en España o Francia; la introducción en Italia del concepto de “cuentas nocionales” en las que, resumidamente, a la hora de calcular la pensión se atribuye a lo cotizado por el trabajador un valor teórico de capitalización que no tiene correspondencia con un capital real; o la introducción en Alemania de factores de sostenibilidad extraños a la propia vida laboral del trabajador como elementos moderadores del importe final de la pensión, tienden a disminuir esa proporcionalidad, lo que acerca cada vez más a los sistemas de seguridad social contributivos europeos a convertirse en una modalidad más del sistema tributario.

Todo ello conlleva el efecto perverso de que el principal peso del gasto de las pensiones va a terminar siendo sufragado por las cotizaciones devengadas a cuenta de aquellos trabajadores autónomos o por cuenta ajena con ingresos superiores a la media. Es decir, a unas clases medias que se verán obligadas a contribuir de manera proporcional a sus ingresos hasta alcanzar los topes de cotización (aunque en España algún sector sindical pretende suprimirlos) aun a sabiendas de que las prestaciones que finalmente percibirán no se corresponderán con las aportaciones realizadas.

Con la consolidación de estas tendencias reformadoras, las cuotas sociales ya no se percibirían como un coste laboral más solo por los empresarios, sino que también serían asumidas como una carga fiscal por una gran parte de los trabajadores (en particular, los más cualificados). No es baladí la percepción que esta amplia capa de población tenga de este escenario al que nos dirigimos, pues no se acepta con la misma conformidad un modelo en el que, en cierto modo, el Estado te ayuda a ahorrar para tu vejez o para prevenir otras situaciones de necesidad, que un modelo en el que el Estado se queda con una parte más de tus retribuciones para “redistribuirlas” según las prioridades políticas y coyunturales de cada momento. Llegados a ese punto, posiciones políticas favorables al desmantelamiento del sistema podrían llegar a calar en el electorado y la sostenibilidad social o política de nuestro modelo de seguridad social verse afectada.

En conclusión, podemos afirmar que si bien la sostenibilidad económica del sistema de seguridad social es vital, tampoco podemos hacer que las reformas para conseguirla difuminen la esencia del sistema hasta el punto de transformarlo en algo distinto a lo que conceptualmente es.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Sobre momentos simbólicos en la historia

En la historia se producen acontecimientos que, más adelante, al ser analizados por las generaciones posteriores, adquieren una dimensión simbólica que, al tiempo de producirse, no fue apreciada por sus contemporáneos.

Así, podemos recordar el año 476 DC como aquel en el que se derrumbó el Imperio romano de occidente, sin embargo, cuando Odoacro, encabezando una alianza de romanos y pueblos godos destronó a Romulo Augustulo y devolvió al emperador Zenón los estandartes imperiales señalando que a partir de ese momento no serían necesarios dos emperadores, pues los reges godos y romanos actuarían en nombre suyo, es poco probable que alcanzara a plantearse el alcance último de su decisión. Bien podría decirse que acababa con uno más de los usurpadores al trono y que, ejercía su poder bajo la legitimidad de un único emperador romano, residente en Bizancio quien, por cierto, en ese momento confirmó su autoridad. De hecho, en las cecas de Europa Occidental siguió acuñándose moneda con la efigie imperial durante los años siguientes. Solo la evolución de la historia terminó por hacer germinar un espíritu nacional en los nacientes reinos conformando el surgir de la alta edad media como periodo histórico.

De la misma manera, cuando en su intento de encontrar una vía marítima directa entre Europa y Cipango Cristóbal Colón arribó a tierra el 12 de octubre de 1492, no podía sospechar que estaba descubriendo no solo un continente hasta entonces desconocido para occidente, sino un auténtico nuevo mundo cuya exploración y colonización dinamizó de tal manera a la civilización europea que sus valores y cultura, sostenidos por los sucesivos liderazgos de España, Francia, Gran Bretaña y EE.UU., se convirtieron en hegemónicos durante los últimos 500 años. 

Estos días recordamos el décimo aniversario del pavoroso ataque que, simultáneamente, destruyó el Trade World Center de Nueva York, un ala del Pentagono en Washington, derribó cuatro aviones comerciales y causó la muerte de casi 3.000 personas. El 11/9, es una fecha que va a quedar impresa en la memoria de todos los que, de una manera u otra, fuimos testigos de ella. Pero, ¿hemos llegado a ser conscientes en Europa del significado que puede llegar a tener en el futuro?

Con la perspectiva que dan los diez años transcurridos no podemos sino valorar los discutibles resultados de las guerras emprendidas a raíz de este atentado y la progresiva limitación de los derechos de los ciudadanos en aras de la seguridad que queda sobretodo patente en lo que se refiere a la escasa protección que tienen nuestros datos personales y de nuestra intimidad frente a los poderes públicos. Pero al mismo tiempo, vista la fragilidad de nuestra sociedad ante este tipo de acontecimientos, y que quedó demostrada con el vuelco político acaecido en España tras los atentados del 11 de marzo de 2004, parece necesario reforzar nuestra armazón social para resistir estas ofensivas a nuestro modo de vida que no parece vayan a concluir.

Así, en medio de esta triste conmemoración, mientras veo las  noticias y escribo estas líneas, me asaltan numerosos interrogantes y dudas. ¿Dónde está el adecuado punto de equilibrio entre seguridad y libertad? ¿Qué es necesario para retomar las riendas de la situación? ¿De qué manera está vinculada la actual crisis económica con todo lo relacionado con los ataques terroristas? ¿Tendremos la fortaleza necesaria para prevalecer como civilización durante las generaciones futuras? …

La evolución de la historia reciente en el norte de África y Oriente Próximo no es tranquilizadora. Europa vuelve a ser frontera de occidente y uno se barrunta que, salvo que reaccionemos a tiempo, esta fatídica fecha del 11 de septiembre de 2001 bien pudiera ser interpretada por los historiadores del futuro como uno de esos hitos que a lo largo de la historia determinan el paso de una edad histórica a otra.