jueves, 23 de agosto de 2012

Ceuta 1987: un post veraniego de batallitas en la mili


El otro día ordenando armarios, aparecieron como salidas de un túnel del tiempo varias prendas de mi viejo uniforme del ejército. Resulta increíble que después de tantos años y mudanzas aún las conserve pero ahí estaban: camisetas, camisas y la chupita verde oliva con la bandera española en la manga y la galleta con mi apellido, los galones de cabo y el escudo del arma de intendencia. No intenté probármelas, han pasado veinticinco años y casi otros tantos kilos desde entonces, pero he comenzado a recordar situaciones y momentos de aquellos días. Yo tenía 24 años y la carrera de Derecho terminada. Corría el año 1987 y aún faltaba una década para que se suprimiera el servicio militar obligatorio.

Cuando después del periodo de instrucción en Campo Soto, llegamos a Ceuta en el trasbordador y vimos que la banda de música de la Legión nos recibía en el muelle al ritmo de una marcha militar, ya tendríamos que habernos hecho a la idea de que la cosa iba en serio.

Teóricamente, mi destino, por mediación de un conocido de mi familia, era la Jefatura de Intendencia, que se suponía un lugar tranquilo y cómodo. Como universitario lo normal sería pasar un aburrido año metido en una oficina. Sin embargo una reorganización de los efectivos de la plaza había transformado esa jefatura en la Unidad de abastecimiento y servicios generales I/23, una especie de cajón de sastre donde, además de las tareas organizativas y de intendencia propias (almacén, panadería militar, etc) teníamos encomendadas tareas de seguridad en la custodia de varias instalaciones. Éramos pocos, no más de cuarenta y, aunque en teoría yo estaba destinado a oficinas, unos días pasaba la mañana con un capitán de oficinas militares escribiendo a máquina pero otros tocaba descargar un barco o vaciar y reordenar un almacén. Por si eso fuera poco, pronto nos encomendarían la tarea más agobiante de todas.

La vigilancia de los polvorines de la plaza estaba encomendada a la gente del Tercio, pero en aquellos días, por alguna razón desconocida (las malas lenguas decían que se había descubierto la desaparición de armas y municiones) se decidió que debíamos realizar ese servicio.  Correspondió a nuestra unidad la custodia del polvorín del Pintor, una antigua batería en cuyos búnkers y galerías subterráneas se almacenaba munición para armas ligeras, granadas de mano y los antiguos pepinos de las viejas piezas de artillería de la batería original ya inutilizadas. Durante el día un pelotón formado por un suboficial, dos cabos y ocho soldados manteníamos la guardia, y de noche, llegaba un refuerzo con cuatro soldados más del Tabor de Regulares. Dos o tres días a la semana nos tocaba quedarnos allí en turnos de 24 horas. No había descanso. Se salía de la guardia a las ocho de la mañana y había que incorporarse al servicio diurno que tocara con normalidad. Esta misión también provocó que cuando la actividad lo permitía, realizaramos ejercicios de instrucción y de tiro con cierta regularidad.

Nuestro cuartel estaba dentro del casco urbano de Ceuta, en la calle Brull, lo cual no dejaba de ser una ventaja, pero el estado de las instalaciones era lamentable. Se trataba de unos barracones construidos en los tiempos de la guerra de Africa y desde entonces, en el mejor de los casos se fueron reformando, con más voluntad que acierto, por los propios soldados con oficios que allí eran destinados y algunos peones civiles. En algunas partes los edificios ya estaban en ruinas y el sistema eléctrico no hubiera superado la más leve inspección. Afortunadamente, había un pabellón reformado que al llegar nosotros empezó a utilizarse como el alojamiento de la “compañía”. Al menos las paredes estaban bien encaladas y la puerta cerraba bien, pero en él estaban dispuestas, sin solución de continuidad, las literas y taquillas para los cuarenta chavales que andábamos por allí. Más tarde los cuatro cabos ocupamos un pequeño cuarto anexo. Las letrinas –cubículos con un simple agujero en el suelo- y las duchas se encontraban al otro lado de un patio empedrado y llegar a ellas, durante un tiempo, tuvo su peligro, pues de noche era el territorio de una enorme rata que vivía en el desagüe y a la que nos llevo varios días conseguir dar caza. En una de las esquinas del patio se encontraba la cantina, que era “gestionada” cada tres meses por uno de los  suboficiales destinados en la unidad y en otra, junto a la parte semiderruida, estaba el “teleclub”, donde echábamos las horas cuando andábamos libres de servicio. La antigua “compañía” hacía las veces de comedor donde, al no existir una cocina, dábamos cuenta de las raciones que traían del cercano “Parque de Artillería”, sede principal de la Agrupación de Apoyo Logístico 23 (AALOG 23) a la que pertenecíamos.

Los acontecimientos del año anterior en Melilla con los incidentes promovidos por un tal Mohamed Dudú seguían estando recientes y mantenían un aire enrarecido en el ambiente. Por ese motivo, nadie podía salir de Ceuta salvo durante los escasos permisos concedidos para ir a la península. Es más, para la tropa de reemplazo que no fuera ceutí no solo era imposible obtener pases de “pernocta” ni siquiera en fin de semana, sino que teníamos órdenes de salir a la calle siempre vestidos de uniforme, incluso cuando estuviéramos libres de servicio.

En ese entorno, es lógico que el ambiente en el cuartel no fuera demasiado bueno. Al ser un lugar pequeño, los miembros de los diferentes reemplazos eran poco numerosos y, por ello, las tradicionales novatadas a los guripas por parte de los veteranos “abuelos” y “bisas” –“no me quedan meses me quedan días”- que en otros cuarteles eran tremendas, aquí se limitaban a bromas más o menos divertidas; pero, en cualquier caso, se mantenía una jerarquía informal que, por la ausencia e inhibición de los mandos, llegaba a prevalecer sobre la de los cabos pertenecientes a reemplazos más recientes, lo que generaba conflictos. Además, el consumo de drogas en las propias instalaciones y durante el servicio por un grupo pequeño, pero recalcitrante, encabezado por un par de auténticos delincuentes (uno de ellos fue detenido algunos meses después de licenciarse por atraco a mano armada) dio lugar a momentos de tensión y a que, incluso, se llegara a las manos en alguna ocasión. El stress acumulado por la lejanía del hogar, el exceso de trabajo, el poco sueño y las cada vez más frecuentes guardias, provocaba que todos solieramos estar de un pésimo humor.

Por la noche, en aquel cuartel no permanecía ningún oficial ni suboficial quedando como único responsable el “cabo del día” una vez que, a eso de las seis de la tarde, se marchara el último mando. La consecuencia inevitable era que la retreta no se cumplía y la guardía nocturna era un paripé. De hecho, era un run run conocido en la plaza que la cantina de nuestro cuartel era la última en cerrar en todo Ceuta y no era extraño ver de madrugada entre los clientes, a los integrantes de una patrulla nocturna de la policía militar.

Así, a pesar del cansancio, muchas noches se convertían en fiestas interminables donde el “costo”, el whisky y el coñac eran consumidos a ritmo de flamenco, rumba y rock duro. En el colmo del despropósito y del despelote, una noche –el día de la patrona del arma de intendencia para más rechifla- y bajo el auspicio de un sargento, se hizo una colecta para llevar un par de putas al cuartel que atendieron con sorprendente entusiasmo a media guarnición, mientras la otra mitad asistía entre asqueda y atónita al espectáculo. Algunos hartos de emborracharse siempre en el mismo sitio se escapaban del cuartel para ir de discoteca y volvían en un estado lamentable o escoltados por la PM a la mañana siguiente. 

Eran farras salvajes, patéticas y sin medida que, no pocas veces, terminaban en bronca. Aún recuerdo aquella noche en que uno de los soldados al que apodaban “el sevillano”, bastante bebido, había intentado ligar de forma grosera con una chica ceutí en una disco cercana. Varios amigos de la ofendida le echaron de malas maneras del local y a él, tan indignado como ebrio y magullado, no se le ocurrió otra cosa que subirse al cuartel, meterse en el cuarto de guardia, agarrar un CETME cargado y marchar de vuelta con la intención de ajustar cuentas vociferando como un energúmeno. Podía no ser una fanfarronada, pocos días antes habiamos conocido la noticia de que un legionario había ametrallado un bar en la barriada del Principe, también por un asunto de faldas. El cabo de guardia, que estaba en la cantina medio borracho, salio corriendo detrás de él, bajando por la calle y gritando con los brazos extendidos “¡Sevillano! ¡Sevillano! ¡Vuelve que te pierdes!”. Su cara desencajada era todo un poema. Al final, entre varios, consiguieron que soltara el arma y que regresara sin que el asunto pasara a mayores.

El fortín del Desnarigado
No todos los compañeros estábamos cómodos en medio de esa espiral autodestructiva y unos pocos optamos por intentar mantener un espíritu algo más saludable y deportivo. Por mi parte, conseguí un permiso vespertino para acudir todas las tardes a un curso de programación en Basic, lo que me alejaba aunque fuera momentáneamente del sórdido ambiente cuartelero. Varios compañeros, a los que me unía cuando podía, iniciaron la costumbre de salir a correr varias tardes a la semana, haciendo un recorrido de varios kilómetros rodeando la península de la Almina por la carretera que rodea al monte Hacho; y en verano, también bajábamos a bañarnos en una cala junto al fuerte del “Desnarigado”. En el día a día, cambiamos el whisky por la cerveza y, de vez en cuando, empezamos a organizar en el comedor unas meriendas con el pan que sobraba en la panadería militar y las latas de conserva de las raciones de campaña que quedaban pasadas de fecha y se suponía que había que destruir aunque, en su mayor parte, estaban en perfecto estado. Todo ello, junto con la lectura y el video, ayudaba a hacer más llevadero el interminable paso de los días.

En esas condiciones los accidentes "laborales" eran relativamente frecuentes. Durante mi periodo de servicio en Ceuta tres soldados fallecieron en accidentes, uno más se suicidó y, en mi entorno cercano, al menos tres personas volvieron a casa con lesiones permanentes de cierta consideración aunque no invalidantes. Afortunadamente, yo casi no tuve percances -apenas un par de cicatrices- y lo que me viene ahora a la memoria son las anécdotas más amables: el día que comenzamos el curso de cabos y nos hicieron barrer el helipuerto militar…, justo antes de que aterrizaran los helicópteros y volvieran de dejar todas las pistas llenas de polvo y tierra; la historia del soldado artista que convirtió una torre en ruinas del recinto en su estudio de pintura particular; la madrugada en que nos despertaron porque un centinela había sorprendido y disparado a un extraño intentando penetrar en el recinto de uno de los polvorines; la policía militar bajando del camión y entrando con sus porras en el “Tokio” para resolver una pelea al más puro estilo de película americana; la noche en que me ordenaron escoltar al comandante de día en su inspección por los cuarteles cercanos a la frontera; el día que un pobre desgraciado empezó a amontonar cajas junto al murallón del polvorín y lo eché de malas maneras con el arma en ristre; las veces en que también yo me escapé del cuartel para ir de juerga nocturna…

Fue un año intenso, difícil y lleno de experiencias, unas más duras que otras, algunas realmente absurdas; que aunque en su mayor parte preferiría no tener que repetir, si es cierto que, de otro modo, no hubiera tenido ocasión de vivir.

Experiencia de vida que, visto con la perspectiva que dan los años transcurridos, de una manera u otra, además de contribuir a forjar mi carácter y mi forma de ser, también me enseñaron a saber distinguir entre lo que, al menos para mi, es correcto e incorrecto, a comprobar lo difícil que, en determinadas circunstancias, resulta elegir entre una cosa y otra, y el coste personal que puede llegar a suponer hacer lo que uno considera correcto en medio de un ambiente hostil. Vivencias que, en cualquier caso, me prepararon para afrontar mejor algunas de las dificultades con las que todos nos vamos topando por la vida.

sábado, 18 de agosto de 2012

Sobre la reforma laboral y su aplicación inicial por los jueces de lo social

(Artículo publicado en el blog "¿Hay Derecho?")
Existe preocupación en ciertos ámbitos empresariales, jurídicos y periodísticos acerca de si la interpretación que realicen los juzgados y tribunales de lo social de los términos en los que está formulada la reforma laboral puede llegar a neutralizar sus efectos. Las primera sentencia en la que se declaró la nulidad de unos ERE's de extinción alegando una defectuosa entrega por parte de la empresa de la documentación requerida para justificar la necesidad de los despidos reforzó este temor y motivo que, por parte de CIU, se presentara una enmienda parlamentaria al proyecto de Ley recientemente aprobado donde la sanción de esos defectos formales fuera la improcedencia del despido y no la nulidad. Enmienda que por cierto, no llegó a prosperar.

Es cierto que, en el ámbito de la jurisdicción social existe un cierto sesgo cognitivo a favor del trabajador que se traduce en la aplicación inspiradora del principio “in dubio pro operario”, lo mismo que en la jurisdicción penal existe un sesgo garantista a favor del reo y en la contencioso-administrativa un complacencia y confianza en la bondad de la actuación de las administraciones públicas que dificulta mucho las posibilidades de éxito de las reclamaciones contra los poderes públicos. Estos sesgos cognitivos, que en muchos casos actúan de manera inconsciente, han sido bien descritos y analizados por Muñoz Aranguren en su artículo “Los sesgos cognitivos y el derecho: el influjo de los irracional” (Notario del siglo XXI, nº 42) y es evidente que tienen efectos secundarios en ocasiones perversos, como en alguna ocasión hemos expuesto respecto a la dificultad para conseguir que los tribunales de lo contencioso consideren acreditada la existencia de una desviación de poder en la actuación administrativa. La existencia de estos sesgos es consustancial a la propia manera en que se organiza la administración de justicia y encuentra su justificación en los propios principios inspiradores de nuestro Derecho.

Lo que sí sería preocupante es la posibilidad de que pueda existir un sesgo ideológico consciente en la forma de interpretar la norma. Quienes expresan estos temores los fundamentan en la existencia de precedentes -como la primacía de las corrientes inspiradas por el feminismo radical en una parte de los juzgados de familia- y en la opinión de que una parte del sustrato de los jueces de lo social procede, sobretodo los que entraron durante determinado periodo mediante el tercer y el cuarto turno, de una cantera de abogados laboralistas de izquierdas.

Personalmente, creo que quienes ésto sostienen pretenden ponerse la venda antes que la herida y con independencia de que puedan aparecer algunas sentencias concretas afectadas por una clara distorsión ideológica, no creo que de manera generalizada pueda hablarse en serio de que los jueces de lo social vayan a “neutralizar la reforma laboral”. También es necesario recordar que los jueces dilucidan cuestiones complejas en donde, con independencia de la amplitud del margen que la reforma puede conceder, aún subsisten numerosas exigencias que los empresarios pueden pretender soslayar de manera torticera, lo que debe ser debidamente apreciado y sancionado por la justicia.

Últimamente han aparecido noticias en las que se citan nuevas resoluciones judiciales donde también se anulan diversos despidos colectivos. Se trata todavía de casos puntuales pues la lentitud de la justicia hace que aún no se haya consolidado una doctrina clara sobre la cuestión. En cualquier caso, realizando un somero análisis de las resoluciones que he podido encontrar en los repertorios habituales de jurisprudencia se percibe que existe un fundamento real para anular los ERE's planteados.

Así, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha dictado dos Sentencias, una de 30 de mayo y otra de 11 de julio de 2012 , donde ha anulado sendos ERE's tramitados conforme a la nueva Ley. En la primera de ellas consideró que no se había producido un verdadero período de consultas o negociación, limitándose la empresa a exponer su posición, inamovible, de proceder a tramitar el ERE fijando la indemnización mínima legal, presentando además para ello, una Memoria incompleta y sin documentación contable de respaldo. En la segunda, la preparación de una documentación contable “ad hoc” para justificar el despido colectivo era desmentida, a juicio del Tribunal, por el resto de la documentación aportada sobre la evolución económica de la sociedad, la cual tampoco pudo ser desvirtuada por la prueba pericial practicada.

La Sala de lo Social de la Audiencia Nacional también ha tenido ocasión de pronunciarse en una sentencia de 25 de junio de 2012, donde analiza un supuesto en el que la empresa, habiendo iniciado un Expediente de Regulación de Empleo bajo la vigencia de la legislación anterior, tras la aprobación del Real Decreto-Ley paralizó el mismo de manera artificial y reinició uno nuevo al amparo de la nueva norma, desvirtuando lo establecido en las Disposiciones transitorias e incurriendo en un claro fraude de ley. La anulación de los despidos realizados en fraude de ley resulta lógica.

Finalmente, la sentencia núm. 13/2012 de 23 mayo, del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, entra a resolver un expediente de regulación de empleo planteado por una empresa sin tener en cuenta los datos económicos del grupo de empresas al que pertenece, todas ellas pertenecientes a los mismos socios, ubicadas en un mismo centro de trabajo y con un funcionamiento unitario, lo que amén de otros defectos en la tramitación del proceso, determinó que no se justificaban las circunstancias que se alegaban para proceder al despido colectivo y se decretó su nulidad.

Sobre la base de las sentencias precedentes, a mi juicio, resulta prematuro y peligroso extrapolar ninguna intencionalidad en los juzgadores, más allá que la de hacer justicia según su leal saber y entender.

La reforma cambia el marco regulatorio de los despidos colectivos, facilita la justificación de las causas que los provocan y disminuye la intervención administrativa. Pero ello tampoco debería desembocar en asumir la posición de la empresa como una verdad incuestionable e inmutable. Los requisitos planteados por la Ley (realización de un periodo de consultas y presentación de documentación acreditativa de la situación justificativa de los despidos) no pueden quedar reducidos a meros formalismos y ha sido la propia reforma la que ha residenciado en la jurisdicción la responsabilidad última de velar por ello. Entrar en el fondo de los asuntos y velar para que los expedientes extintivos de regulación de empleo respondan a causas reales amparadas por la Ley y no a la simple conveniencia del empresario, no implica, desde mi punto de vista, parcialidad en los jueces sino, al contrario, un ejercicio de responsabilidad.

Nuestra administración de justicia tiene demasiados problemas, carencias y vicios. Tal vez por eso, sea tan fácil asumir afirmaciones que inciden en su deslegitimación. Sin embargo, al menos en esta ocasión, se trata de afirmaciones frívolas que deberían sopesarse mejor antes de divulgarse pues, dadas las circunstancias, generan más daño que beneficio.