lunes, 25 de mayo de 2015

UPyD ante su encrucijada definitiva: una valoración personal

El resultado de las recientes elecciones ha abierto las puertas a una situación tan peligrosa como interesante que habrá que ver como se resuelve con las ulteriores negociaciones y deja aún más abierto el escenario que se ha de resolver en las próximas generales. En la prensa pueden encontrarse numerosos comentarios y análisis de reputados comentaristas sobre el resultado, tanto de los grandes partidos tradicionalmente mayoritarios como de los emergentes, por eso yo me voy a centrar en un aspecto secundario dentro de tan complejo panorama, pero que me concierne de alguna manera.

La realidad que aventuraban las encuestas se ha consumado y UPyD ha desaparecido del paisaje institucional autonómico y local al que había accedido tras las elecciones de 2011. Todo el trabajo realizado durante estos últimos cuatro años tanto por el grupo parlamentario en la Asamblea de la Comunidad de Madrid como el realizado por el grupo municipal en el Ayuntamiento de la capital y en otros muchos lugares ha resultado eclipsado por los errores de la dirección del partido y el crecimiento de Ciudadanos.

Me alegro mucho de que, a pesar de todo, Cristiano Brown haya conseguido renovar su puesto de concejal en Las Rozas o de que, en otro orden cosas, Alberto Reyero, alejado hace mucho de la linea oficial del partido, haya podido encontrar su sitio en Ciudadanos para poder seguir trabajando en su vocación representativa.
"El Ocaso" by Chemapego
En cualquier caso, creo que David, Ramón, Enrique, Gabriel, Loreto y algunos otros compañeros a los que conozco y me consta que han realizado un trabajo importante por la regeneración en nuestras instituciones, merecían mayor reconocimiento pero dudo que lo acontecido pillara por sorpresa a nadie; y quien quiera buscar conspiraciones, fantasmas, y una justificación en la conjura de los medios, tan solo se engañará a sí mismo. Las razones de la debacle de UPyD se encuentra principalmente en las decisiones y actitudes de la máxima dirigente del partido -respaldadas y ejecutadas por un mediocre y pequeño núcleo de pretorianos- y eso es algo que aventuramos algunos hace varios años.

Tras haber guardado un prudente silencio -más allá de lo que ha sido mi círculo inmediato-, a estas alturas ya no desvelo nada que no resulte evidente, ni creo perjudicar a nadie por manifestar públicamente mi peripecia breve pero intensa en ese partido. Como es obvio, cada cual cuenta la feria tal y como le va en ella, pero creo que esta experiencia puede ilustrar un poco el por qué se ha llegado a la situación presente.

A partir de mediados de la primera década de este siglo comencé a sentir que no me gustaba por donde estaban marchando las cosas. Desde mi privilegiada posición como funcionario de un Cuerpo de los que tienen atribuidas funciones de asesoramiento jurídico a la Administración, era testigo de la creciente falta de respeto por las normas y los procedimientos por parte de los dirigentes políticos y me fui haciendo consciente de que o cambiaban las cosas o nuestro modelo de sociedad terminaría entrando en barrena.

Decidí participar en la vida política e intentar influir en que la situación mejorara. Así, a través de un compañero entré en contacto con el movimiento que estaba germinando en la creación de UPyD y comencé apoyarlo. Aún recuerdo con emoción cuando una tarde, en aquella pequeña sede de la calle Orense, tuve entre mis manos la escritura fundacional del partido para asesorar sobre la mejor manera de dar de alta los ficheros de datos personales de los afiliados y simpatizantes en la Agencia Española de Protección de Datos.

Aquel contacto inicial fue teniendo continuidad y a finales de 2009 o principios de 2010 me afilié con la idea de participar activamente en la preparación del siguiente proceso electoral y en la elaboración del programa del partido en aquellas materias de las que algo entiendo (seguridad social, administración pública, derecho laboral, sanidad, etc) con la legítima aspiración, llegado el caso, de dedicar una etapa de mi trayectoria a la carrera política. Por formación, experiencia previa y méritos acreditados consideraba que tal vez pudiera aportar algo relevante al proyecto.

Una de las cosas que me atrajo desde el principio era la cantidad de hombres y mujeres con una trayectoria profesional madura y evidente que veía en las reuniones. Allí se estaba agrupando mucho talento e inteligencia (ingenieros, médicos, arquitectos, escritores, abogados, funcionarios de cuerpos superiores, profesores universitarios y de enseñanza media, consultores reconocidos, empresarios de éxito, etc...). También muchos voluntarios jóvenes y veteranos contagiando entusiasmo, ilusión y creatividad. Todos unidos por la preocupación de cambiar las cosas a mejor.

Algunos meses después de mi incorporación ya se produjeron las turbulentas primarias de Madrid para las municipales y autonómicas de 2011 que dieron lugar a la dimisión del entonces Coordinador Territorial de Madrid, y varios de los miembros del Consejo Territorial. Algún tiempo más tarde, tras la dimisión de Luisa Auñón, a finales de 2010 me propusieron incorporarme a la Gestora territorial que se formó a continuación, lo que me proporcionó un lugar privilegiado para conocer el partido desde dentro.

Aunque no lo experimenté en carne propia -pues tiendo a ser obediente-, pude comprobar que UPyD era, de puertas adentro, un partido rígido donde el proceso de toma de decisiones estaba extremadamente centralizado y cualquier disidencia era reprimida con prácticas de corte leninista. La aplicación indiscriminada de los principios: “el que deja de venir, deja de ser necesario” y “quien tenga una idea de partido diferente, tiene la puerta abierta para marchar”, luego consagrados por Martínez Gorriarán en sus célebres twits, dieron lugar a una rotación interna de personas que terminó siendo una sangría de talento y entusiasmo irreversible. Cada vez más a menudo, gente con la que contabas, dejaba de venir a las reuniones.

También me percaté de que la cúpula de la organización no era tan trasversal como se aparentaba, pues tras las escisiones provocadas por la marcha primero de Mikel Buesa -antiguo presidente del Foro de Ermua- y luego de García Núñez -procedente del CDS-, con la excepción de Fernando Maura -amigo personal de Rosa Díez- casi todo el núcleo duro del partido procedía del entorno del PSOE (v.gr., la propia Rosa Díez, Luis de Velasco, Sosa Wagner, Ramón Marcos) o del sindicalismo ( v. gr. Juan Luis Fabo y Benito Gallo procedían de CC.OO, Enrique Calvet de UGT), o eran jóvenes para quienes UPyD constituía su primera vez en política; existiendo cierta prevención frente a quienes se incorporaban al partido desde ámbitos distintos a los referidos, los cuales, cuando hubo que elaborar las listas electorales en muchos casos quedarían postergados a puestos sin opciones de ser elegidos. En última instancia eran los dedos de Rosa o Carlos, los que determinaban quien sí y quien no.

Comencé a intuir que, a pesar del discurso oficial y de lo que creíamos muchos de los que trabajábamos en su seno, UPyD no crecía con vocación de ser opción de gobierno, sino que la cúpula directiva se conformaba con ser un pequeño partido bisagra, una reducida parcela de poder detentada exclusivamente por Rosa y su entorno más cercano. Así, muchas de las decisiones organizativas, con independencia de que el argumentario empleado en cada caso fuera más o menos convincente, tenían como efecto directo o indirecto el impedir que se crearan centros de poder distintos al de la Dirección, lo que se traducía en constantes pulsos que inevitablemente terminaban con la disolución de las organizaciones territoriales electas; estableciendo arbitrariamente incompatibilidades extra-estatutarias entre cargos representativos y órganos de dirección del partido; o prohibiciones a participar en cualquier órgano de participación social o consejos de entidades públicas que pudiera permitir la consolidación de “clientelas” distintas de aquellas a las que la Dirección daba su visto bueno y, en último caso, instruyendo expedientes sancionadores de manera inquisitorial, en ocasiones por motivos banales. Tal y como decía un compañero, se trataba de hacer un partido “bonsai”, recortando constantemente sus ramas para que no creciera.

Uno puede ser disciplinado y voluntarioso, pero ya está mayor para ciertas cosas -sobretodo cuando las hace por amor al arte- y, a la vista de lo vivido hasta entonces, consideré que no merecía dedicar más tiempo y esfuerzo en algo donde no solo no encontraba el menor reconocimiento, sino que además ya no me gratificaba. Había perdido la fe en quienes dirigían el partido y comprendí que cualquier intento de cambiar las cosas sería infructuoso.

Así pues, una vez que se celebraron las elecciones autonómicas y municipales de 2011, en el momento álgido del éxito del partido y tras la constitución de un nuevo Consejo Territorial, a cuyas elecciones no me presente, consideré cumplido el compromiso que había adquirido con las personas que me animaron a incorporarme a UPyD y me despedí sin acritud de mis, hasta entonces compañeros, con el siguiente correo electrónico que a continuación reproduzco:



“26 de julio de 2011

Buenas tardes:


Con la presente quiero poner en tu conocimiento que, en esta misma fecha he solicitado la baja como militante de UPyD. Ha sido una etapa bonita en mi vida en la que he dedicado gran parte de mi tiempo libre para intentar contribuir, desde lo que son mis ideas y mi experiencia profesional, en la elaboración de algunas de las posiciones políticas del partido y a consolidar su organización, trabajando contigo en alguno de los grupos de trabajo en los que he participado o coordinado y en la Gestora Territorial de Madrid.

Sin embargo, diversas circunstancias que se han venido produciendo a lo largo de este año, en particular, la peculiar forma que tuvo el Consejo de Dirección de interpretar el principio de mérito y capacidad a la hora de elaborar las listas electorales de mayo, así como todo lo que ha rodeado a la elección del actual coordinador territorial del Consejo Territorial de Madrid, han ido generando en mí la subjetiva percepción de que el partido está cambiando y se está distanciando de los valores de regeneración democrática y transversalidad que hicieron que decidiera incorporarme a sus filas.

Se trata, como he dicho, de una percepción subjetiva y no descarto equivocarme, supongo que el tiempo dará o quitará razones, pero lo cierto es que ya no me gratifica seguir trabajando en este proyecto ni me encuentro lo suficientemente motivado para seguir en sus filas. Así las cosas, lo más coherente es darse de baja.

Esperando seguir manteniendo el contacto personal, aprovecho la ocasión para enviarte un muy cordial saludo,”

Tampoco era mi intención perjudicar a nadie, por cierto deber de lealtad para con los que fueron mis compañeros me pareció oportuno reservarme mis opiniones para mis íntimos. Al fin y al cabo, nadie me había echado, me fuí porque así lo quise. Si escribí un post titulado “Tomando café”, donde de manera elíptica me refería a este asunto.

A partir de entonces abandoné mi efímera actividad política y me he centrado en la carrera funcionarial, intentando satisfacer mi vocación regeneracionista a través de mis colaboraciones en alguna tertulia radiofónica, en el blog “¿Hay Derecho?”, participando en actividades relacionadas con la sociedad civil, pero sin mayores pretensiones y ya sin vinculación partidista alguna.

Han pasado cuatro años desde entonces y, desgraciadamente, el tiempo me ha dado la razón. Lo que se llevaba larvando desde las primeras purgas y se sufría en silencio dentro del partido, surgió a la vista de todo el mundo con todo lujo de detalles con la infame campaña de descrédito a la que se sometió al eurodiputado Sosa Wagner por haber propuesto un debate abierto sobre la conveniencia de aliarse con Ciudadanos y haber dejado caer que había que cambiar algunas prácticas autoritarias. El auto de fé al que se le sometió en un Consejo Político incalificable, puede que fuera una victoria personal de Rosa Diez, pero teniendo en cuanta el perfil medio del electorado del partido, probablemente tuvo el mismo efecto que abrir un boquete en la quilla de un barco en plena travesía por el oceano. Los electoren han interpretado el mensaje dado por semejante lenguaje corporal: si eso se hacía con todo un eurodiputado de la trayectoria y prestigio del interfecto, que no harían con un pobre militante de a pie o con un simple ciudadano.



UPyD cuando nació era un proyecto necesario, y el trabajo de mucha gente con talento, ilusión y ganas de mejorar España permitió que tuviera una posibilidad de salir adelante a pesar de las dificultades a las que tuvo que hacer frente. De hecho, muchas cosas se han conseguido y, probablemente, la eclosión actual no hubiera sido posible sin el esfuerzo realizado en su día desde UPyD que desbrozó caminos.



Sin embargo, la ausencia de altura de miras, la falta de generosidad y sobretodo una combinación demencial de soberbia y mediocridad de las personas que aún lo lideran han dado al traste con lo que fue una oportunidad de oro para regenerar España. Suya es toda la responsabilidad. Ahora ya es demasiado tarde. Se han malgastado cuatro años.



En mi opinión, hoy por hoy, a lo más que puede aspirar UPyD en su encrucijada definitiva, es a no ser un estorbo para que otras opciones que ya han ocupado su lugar en el mapa político español tengan la oportunidad de poder ser determinantes a la hora de dirigir o influir en la regeneración de España. 

Y así, acometiendo su disolución, facilitar que lo mejor de su talento -ahora destinado a ser desperdiciado en otra derrota innecesaria- pueda si lo desea, intentar desarrollar su carrera política bajo otras banderas que, en lo esencial, ya ondean con lo que fueron sus valores y principios fundacionales.